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El plan de vivienda de Bogotá transforma vidas y mueve la economía de la ciudad

En 2025, Bogotá no solo registró números excepcionales en vivienda: marcó una cifra histórica de iniciaciones, la más alta desde que se lleva registro en la ciudad desde 2001. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), se iniciaron 49.883 unidades residenciales, lo que representa un crecimiento del 11,3 % frente a 2024 y establece un nuevo hito en la dinámica de construcción urbana.

Pero más allá del dato estadístico, este resultado evidencia un trabajo consistente que reconoce la vivienda como instrumento de transformación social y de reactivación económica.

Gran parte de este impulso se concentra en el corazón de la política pública de vivienda de los últimos años: el Plan Distrital de Vivienda Mi Casa en Bogotá. Esta estrategia ha sido más que un conjunto de programas, es una política estructural que ha consolidado la demanda efectiva de vivienda, estabilizado la confianza en el mercado y generado oportunidades reales para miles de familias, llegando por primera vez a aquellas con menos ingresos y más vulnerabilidad.

Este plan se diseñó para facilitar el acceso a la vivienda propia, especialmente para hogares con menos recursos, a través de subsidios y apoyos que reducen la incertidumbre financiera y fortalecen el cierre de negocios inmobiliarios. Esa claridad en la demanda ha sido clave para que los constructores activen proyectos, y que Bogotá se convierta en una ciudad donde construir ya no es una apuesta incierta, sino una decisión económica viable.

La importancia de este crecimiento no termina en los números. El 61 % de las unidades iniciadas en 2025 correspondieron a vivienda de interés social y prioritario, viviendas pensadas para quienes más lo necesitan. Esto no solo amplía el acceso a la vivienda propia: impacta directamente la vida de las familias bogotanas, generando un efecto multiplicador en términos de oportunidades y bienestar.

En términos de empleo, la vivienda también ha demostrado ser un motor poderoso. La construcción es intensiva en mano de obra genera encadenamientos con múltiples sectores productivos. Cada vivienda iniciada moviliza trabajo, consumo y actividad económica local. Según cálculos propios de la Secretaría Distrital del Hábitat, en 2025 la vivienda social creó 49.000 puestos de trabajo entre directos e indirectos. La generación de empleo, formal y sostenido, se convierte así en una consecuencia directa de estimular la vivienda digna.

Pero, sin duda, el impacto más profundo es social y estructural. El acceso a vivienda propia es uno de los factores más importantes para la movilidad social, la estabilidad familiar y la dignificación de los hogares. Tener un techo seguro —con acceso a servicios básicos, servicios de la ciudad y certidumbre patrimonial— no solo transforma la calidad de vida de las familias, sino que también reduce brechas históricas de inequidad urbana en nuestra ciudad.

La política pública de vivienda no puede verse como un gasto: es una inversión en dignidad, en equidad y en futuro colectivo. El récord alcanzado en iniciaciones de vivienda es la evidencia palpable de que, cuando se articulan políticas claras, un gobierno comprometido y una administración que prioriza la permanente construcción de oportunidades, Bogotá no solo crece en cifras, sino que avanza en calidad de vida para sus habitantes.

En estos tiempos de complejidad macroeconómica y retos sociales, este resultado histórico nos recuerda que la vivienda digna, no solo como estructura física, sino como núcleo de proyectos de vida, debe seguir siendo una prioridad innegociable para lograr ciudades más justas, productivas y solidarias.

Fuente: SEMANA

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